Un café para llevar

El Mensajero

Miércoles 19 de junio de 2019


Por: Larissa Armenta


Un día me levanté con ganas de café, cosa que todas las mañanas me pasa, pero esa vez fue diferente, o al menos así lo sentí. Estaba sola en casa y había una atmósfera de paz muy relajante, situación no tan común si tienes hermanos menores y un tanto escandalosos.

 

Así que fui directo a la cocina, llene la cafetera de agua, saqué el café del congelador y alisté tres tazas para mi. Mientras lo hacía coloqué música desde mi laptop y busqué algo para desayunar en el refrigerador, tenía antojo de algo dulce para acompañar con mi café, entonces opté por preparar pan francés con chispas de chocolate y canela. Uno de mis desayunos favoritos.

 

Todo estaba perfecto, música de fondo, aroma a café, un desayuno rico y una sensación de calma a mi alrededor. El aroma a café penetro mi casa y por mas ridículo que suene, ese aroma llenaba mi corazón.

 

Terminé de beber la primera taza de café dando mordiscos a mi sencillo pero delicioso desayuno, y con ganas de servirme una segunda taza, comencé a leer ese libro que llevaba días arrumbado en mi habitación (por no haberme podido dar el lujo de leer) “Todo bajo el cielo” de Matilde Asensi, todo estaba muy relajante: el silencio, el café, la lectura, mi mente.

 

Después de beber y disfrutar las 3 tazas de café que había preparado, me dirigí al baño a tomar una ducha fría, pues era momento de quitarme la pijama y comenzar con mis deberes del día, pero en lo que iba de esa mañana me sentía satisfecha pues ya había experimentado tres sentimientos relajantes: silencio, café negro y una ducha fría.

 

El día transcurrió de manera normal, estimulante y sin planes con amigos o familia que me sacaran de ese momento de paz que estaba viviendo y que rara vez lograba disfrutar.


Tras sentarme en mi sillón favorito de la casa comencé a volar mi imaginación, pensé en viajar, pensé en hacer ejercicio, pensé en vivir sola, pensé en aprender a cocinar, pensé en mi familia, pensé en el Elvis, pensé en el chico que me gustaba, pensé en buscar un nuevo trabajo, pensé en estudiar otra carrera, pensé en aprender a tocar el chelo, pensé en poner mi propio negocio; pero, entonces me detuve… Y pensé: así debería ser la vida, estar en ese constante y personal aprendizaje en dónde disfrutemos los pequeños e incluso hasta “insignificantes” momentos que se nos ofrecen en el diario vivir. A llevar siempre con nosotros esa taza de café que nos motiva a seguir caminando aún ante esas adversidades que afrontamos y que saborean con lujuria nuestros fracasos. A tener ese break mental en el que podemos pensar en lo que realmente nos importa, lo que amamos ser y todos esos anhelos y esperanzas que viven en nosotros.

 

La vida se pasa muy rápido después de los 20 años y se desperdicia si gastamos el tiempo llenándonos de preocupaciones sin sentido.

 

Creo que sentarme a tomar café con una sensación de paz emocional, a estas alturas de mi vida, representa un exceso de felicidad y que justo ahora, estoy viviendo todo lo que siempre quise…

 

Al final, lo que importa no son los años de vida, sino la vida de los años.Abraham Lincoln.

Notas relacionadas:

Opiniones sobre esta nota

Comenta esta nota

Ir arriba