Algún día me lo vas a agradecer

El Mensajero

Jueves 18 de Julio de 2019


Por: Larissa Armenta

Recolección de anécdotas


Tenía 15 años el día que mi papá decidió dejarnos sin casa.

 

Mi mamá, mi hermano menor y yo veíamos como nuestros muebles habían terminando amontonados en la comandancia del pueblo, mi papá había acumulado varias deudas que al final del día no pudo pagar y que a nosotros, inocentes, nos dejaron sin un techo en donde vivir.

 

Creo que todos los recuerdos que tengo sobre mi niñez y adolescencia son de mi papá haciendo una de sus jugadas, fue un hombre que a duras penas formo parte mi vida, que lastimó una y otra vez a nuestra familia y, a quien a pesar de tanto, ame con todo el corazón.

 

Era un hombre guapo, de cabello y bigote negro, tes morena, velludo y un poco chaparro, pero su estatura no le impedía moverse por la vida como todo un galán que siempre vestía bien, que jamás andaba sucio o con prendas informales. Él sabía quien era y te lo hacía saber.

 

Mis papás no fueron precisamente el ejemplo de un matrimonio a seguir, eran muy diferentes y constantemente discutían procurando no hacerlo frente a mi hermano y a mi. 

 

Sin embargo, recuerdo muy bien aquella vez en que ambos discutían y que mi instinto protector hizo que me metiera en la acalorada discusión.

 

Por haberme acercado demasiado recibí un golpe en mi ojo izquierdo con un bate de baseball que mi papá sostenía. Después de eso, no volví a defender a nadie.

 

Durante ese verano habíamos sido enviados a Mexicali a pasar unos días de verano en casa de una hermana de mi papá, quisiera nunca haber tenido que emprender ese viaje, mi tía había sido una mala anfitriona, no nos daba de comer, pasábamos calor, nunca conocimos la ciudad y si mis primos comían algo delicioso frente a nosotros solo lo presumían dejándonos con el antojo. Con ganas de estar en casa.

 

Al volver las cosas no mejoraron, llegar a mi pueblo no se sentía igual, algo dentro de mí me decía que era mejor hacer tiempo extra antes de volver a la nueva casa, que mi mamá logro comprar gracias a una buena herencia que había recibido, pero ella estaba apresurada por volver. Creo que lo que experimenté en ese momento de mi vida fue un duro golpe al estómago y una decepción que, hasta la fecha, aún me cala los huesos.

 

Mi papá nos había enviado a Mexicali a visitar a mi tía no para conocer la ciudad, lo hizo solo para deshacerse de nosotros. Para tener la casa sola para él y poder engañar a mi mamá con otra mujer. Para decepcionarme una vez más.

 

En ese momento pensé en las penurias que experimentamos durante el viaje a Mexicali: el horrible camión que nos llevo hasta allá, el calor, los olores desagradables, el hambre, los malos tratos, la indiferencia y el sentimiento de creer que mi casa era el paraíso en comparación con aquel lugar.

 

Pero ver a mi papá con alguien más y darme cuenta que poco le importábamos fue lo que me hizo abalanzarme sobre el y sobre mi mamá para tratar de detener la primer discusión de ellos que me tocaba presenciar, y por tratar de que mi hermano no se diera cuenta de todo lo que pasaba al rededor. El golpe con el bate me tumbó y ya no supe nada más.

 

La infidelidad de mi papá había sucedido tiempo después de habernos quedado sin casa, quizás eso debió ser suficiente para que yo abriera los ojos y me diera cuenta de que no podía esperar nada de el, pero mantuve la esperanza creyendo que todo podía cambiar, que mis papás podrían ser felices y que mi casa terminaría sintiéndose como un hogar. Pero nunca fue así.

 

Tras haber engañado a mi mamá él se fue. Ahora estábamos solos, sin una figura paterna y con una mamá ausente que se dedico a ocultar las apariencias a toda costa, nadie debía saber lo que había ocurrido, el golpe que tenía en mi ojo izquierdo lo justificaba diciendo que me pegaron con una pelota y si alguien preguntaba por mi papá solo decíamos que las cosas se habían complicado.

 

El día en que nos dejó sin casa, también nos dejo sin él.

 

Al crecer mi mayor temor fue vivir en una cadena, de tener un matrimonio infeliz, de no tener un hogar y traer hijos al mundo a sufrir, de tener un esposo que fuera como mi papá. Ausente y descuidado.

 

Pero no fue así, logré romper la cadena y conocí un buen hombre que me enseñó a ver el mundo de diferente manera, con quien pude formar una familia de verdad y con quien construí lo que tanto tiempo anhele, un hogar.

 

Mi papá fue un hombre interesante, me enseñó una que otra cosa para bien y me dejo una serie de momentos agridulces en mi vida. 


Yo siempre lo amaré, porque a pesar de todo es mi papá y me gusta ser su hija, ver sus fotos, recordar su voz, y esas palabras que nunca olvidaré "algún día me lo vas a agradecer". Y sí, siempre te lo agradeceré.

 

Me dejaste sin casa, pero me enseñaste a formar mi propio hogar. Fuiste ausente, pero me enseñaste a estar presente en la vida de mis hijos. Porque me enseñaste a buscar un mejor futuro para mi.

 

Gracias. Por haber sido tú.

 

 

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