La raíz del problema

El Mensajero

Jueves 10 de octubre de 2019


Larissa Armenta

 

¿Por qué los árboles esconden el esplendor de sus raíces? Pablo Neruda

 

Cuando comencé a trabajar imaginé que podría hacer un millón de cosas nuevas, que compraría las cosas que a mi me gustan, que podría salir más, que de vez en cuando podría darme un gustito o que podría comprar un carro.

 

El sentido de independencia era lo que más me motivaba a trabajar y estudiar al mismo tiempo, el saber qué terminaría la universidad y que no estaría a punto de jalarme el cabello por la falta de trabajo generaba paz y comodidad a mi alrededor.

 

Tenía un trabajo bien con un buen salario y a cómo veía las cosas, todo un mundo repleto de posibilidades.

 

El problema fue que sin querer, me enraíce. Varias veces pensé en dejar mi trabajo y buscar uno nuevo que estuviese más ad hoc a lo que se supone una comunicóloga debe desarrollar, sin embargo, sabía que no había muchas posibilidades allá afuera para la profesión que elegí estudiar, que los salarios y horarios no eran tan buenos y que probablemente terminaría deprimida por la falta de empleo en mi país.

 

Para no quedarme atrás estudié francés, literatura y volví a la universidad para estudiar un diplomado que me especializara más en un área de mi carrera y también para terminar de agarrarle saborcito a esa misma a la que le dediqué 4 años de mi vida. Pero la raíz de mi problema era que no estaba del todo satisfecha con esta nueva etapa en mi vida.


Esa de ser una empleada.

 

Agradecer por mi trabajo me resultaba difícil, me quejaba constantemente de lo que pasaba en el entorno y hasta comencé a desarrollar síntomas de estrés y constantes rachas de mal humor porque simplemente no me gustaban ni el lugar ni el ambiente del lugar en donde trabajaba, porque no lograba identificarme con lo que hacia día con día en mi escritorio, por la falta de compañerismo que sentía y porque no me gustaba como preparaban el café… Y a pesar de que la puerta de salida estaba muy grande, yo no me animaba a salir.

 

Pero, ¿qué podía hacer si ahí tenía las comodidades que no encontraría tan fácil en otro lado?

 

En ese momento de dolor cerebral tenía dos opciones:

 

1.- Renunciar

 

2.-Desenraizarme


Mi papá me dijo que el mejor escape de la rutina laboral es disfrutar de los momentos en los que no estamos en la oficina, cuando sales de vacaciones con tu familia, cuando vas al cine, los fines de semana que pasas descansando en casa o dándote una escapada a la playa, pasar un tiempo con tus amigos o con tu mascota, cuando le das un buen uso a tu tiempo libre, cuando te olvidas del lunes, de tu raíz laboral.

 

Desenraizarme. Opto por dar las gracias porque tengo un buen empleo y todos mis compañeros, por invertir bien el dinero que gano en mi trabajo ayudando con el gasto del hogar, por ser responsable con mi tiempo, por salir de vacaciones por lo menos una vez al año, por ahorrar y poder cumplir con una meta económica y de crecimiento profesional y espiritual.

 

Por seguir sembrando lo que amo. Escribir.

 

Hoy o mañana podremos estar en muchos lugares, mudarnos, conocer otras personas, trabajar en una nueva oficina, tener un negocio propio o probar otros cafés, pero mientras no aprendamos a ser agradecidos con lo que tenemos las dificultades para crecer siempre no impedirán avanzar hacia al buen camino.

 

Sea cual sea la raíz del problema, corre por nuestra cuenta el no permitir que siga creciendo.

 

Twitter: @lariarcz

Instagram: @larissaarcz

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