Sándwiches mojados 

El Mensajero

Jueves 26 de marzo de 2020

Hermosillo, Sonora


Por Larissa Armenta


De niña me gustaba mucho ir a casa de mi abuela a comer sándwiches con mucha mayonesa. Ella hacía los mejores sándwiches mojados del mundo. Eran solo dos panes con mucha mayonesa, queso americano (amarillo) y jamón, pero eran deliciosos.


Después de haber salido de una cirugía de alto riesgo a causa de un accidente automovilístico, lo único que quería era volver a probar uno de esos sándwiches, ella había sido la primera persona por la que pregunté cuándo recuperé la consciencia, era a quien más quería ver en ese momento, así que le pedí a mi mamá que le dijera a mi abuela que me preparará uno para comerlo desde la cama del hospital. Esa tarde ella llego con dos de esos maravillosos sándwiches que me supieron a gloria.


Haber comido ese sándwich mojado tras haberme enterado que mi hermana había fallecido, lograron hacerme sentir bien otra vez.


Mi abuela no era el tipo de abuela que se pasaba horas en la cocina, ella siempre nos daba cosas sencillas para comer, sopas instantáneas, pizzas congeladas, sándwiches, papas fritas, pan de dulce, y claro, yo estaba encantada cada que íbamos a su casa porque sabía que comería dulces, chatarra y por supuesto, un delicioso sándwich mojado.


Para mi nunca fue importante si mi abuela cocinaba bien o no, o si se tomaba el tiempo para llenarnos de comida casera, lo más importante para mi era verla y esperar por comer algo de comida congelada.


Su casa era chiquita, había tres camas que eran divididas por una bardita en medio para separar su cuarto de las otras dos camas en donde dormíamos los demás, la cocina era muy pequeña pero todos cabíamos muy bien cuando entrábamos a comer o para sentarnos a tomar una taza de café, y era muy difícil para las nietas convencerla de darnos algo de café, porque decía que el café solo nos haría feas al crecer. Por un tiempo me lo creí, así que de niña nunca me animé a probar el café, hasta que entendí que mas bien lo decía porque la cafeína solo nos traería problemas al dormir.


Su casa era el refugio perfecto a donde mi mamá nos llevaba cuando las cosas entre ella y mi papá se ponían difíciles, y a veces, me daba nostalgia pensar en eso.


El terreno de la casa de mi abuela era enorme y ahí jugábamos gran parte del tiempo, sobre todo para olvidarnos mi hermana y yo de la razón principal por la que habíamos llegado ahí tan repentinamente. Mis primas, mi hermana y y yo, nos poníamos debajo de un árbol de mezquite en donde estaba un viejo lavadero para ponernos a jugar con nuestras muñecas, trastes de juguete o simplemente nos quedamos horas y horas platicando. A veces corríamos toda la tarde a lo largo del camino de la entrada jugando “carreritas”, una de esas veces me caí tan fuerte que varias piedras se me enterraron en las rodillas entre toda la sangre que me salía de la herida, estaba entre reírme o llorar, pero al final termine volviendo a jugar como si nada hubiese pasado.


Detrás de la casa estaba un matorral muy grande en el que siempre quise jugar, pero era muy difícil poder correr o explorar esa parte porque había muchas hierbas que te picaban toda la piel, y al cabo de un rato terminabas lleno de alergia y estornudando cada 2 segundos, así que preferíamos correr o escondernos entre los árboles de membrillo que mi abuela tanto cuidaba. Recuerdo bien ese matorral y lamento no haber sido un poco más valiente para haberlo recorrido por completo.


No sé cuando fue la ultima vez que visite a mi abuela, ella había tenido que irse a trabajar a otra ciudad y la casa había quedado a cargo de un tío, su esposa y sus hijos. Ir y no ver a mi abuela ahí simplemente no se sentía bien, era estar en la casa de alguien más. 


Y eso no me gustaba. Su casa solía oler a talco y siempre estaba limpia. Pero tras haberse ido, eso había desaparecido. Todo era diferente, ni siquiera olía a tortillas de harina recién hechas o a café.


Mi abuela se había ido, y toda su esencia se fue con ella.


El último sándwich mojado que probé fue antes de que mi abuela rehiciera su vida en otra ciudad, yo tenía unos 14 años aproximadamente, ella había venido a visitarnos y en mi casa me preparó uno de esos sándwiches con mucha mayonesa, queso y jamón. No sabía qué sería el último.


Al visitarla en su nueva casa todo era diferente, había otros olores y otras costumbres. Ella ya no se levantaba temprano a amasar tortillas y se había dejado crecer el cabello, ahora se veía más rizado y canoso. Aún preparaba café, pero yo ya estaba grande así que lo de volverme fea se había convertido en un chiste entre nosotras y con todo lo nuevo en su vida, los sándwiches mojados dejaron de prepararse.


A mi abuela deje de verla cuando las cosas se complicaron, los interés familiares cambiaron y los errores cometidos en el pasado terminaron por pesarnos a todos. Ella solo dejo de vernos, dejo de llamar, dejo de responder, solo se fue.


Siempre que me preparo un sándwich pienso en ella, pienso en su cabello corto, en sus manos bien cuidadas, en lo bien que olía, en su lentes gigantes y en la cadena que usaba para sostenerlos antes de que eso se pusiese de moda. Extraño despertar temprano y salir al frente de su casa a verla amasar bolitas de harina porque el aroma de las tortillas que hacía me despertaba, extraño el sereno, ver el mezquite con rocío de agua y el aroma a tierra mojada.


La extraño a ella y a todo lo que representó en mi vida.


Ahora más que nunca quisiera saber cómo está y preguntarle muchas cosas, pero, no tengo su número y tampoco sé si llegaría a responderme. Quizás sean solo excusas, pero por lo pronto, es lo que hay.


Una vez recordé a mi abuela, y no, no estaba preparando un sándwich, su recuerdo simplemente vino a mi cabeza y recordé todo lo que viví con ella, pero, también recordé todas esas veces en las que llegábamos a su casa y yo no había podido saludarla porque estaba dormida por el viaje en carretera y aquellas veces en las que llegaba de pasada muy temprano a mi casa y platicaba tan rápido alguna desventura que le tocó vivir, que yo no alcanzaba a verla porque aún seguía en la escuela. Son ese tipo de momentos que quisieras volver en el tiempo y vivir con más fuerza.


Tal vez algún día vuelva a verla, quien sabe, tal vez algún día me anime a llamarle e invitarla a tomar una taza de café, mientras juntas nos preparamos un par de deliciosos sándwiches mojados.


Ante la fuerte crisis sanitaria que estamos viviendo, no hay tiempo de ponernos pretextos, es ahora cuando debemos dejar de vivir molestos o resentidos con las personas que forman o formaron parte de nuestra vida, hay que dejar de poner excusas por miedo a ser rechazados, hay que ser valientes y mandar un mensaje, hacer una llamada.


Hay que amarnos más, hay que cuidarnos más.


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